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La realidad de las maestrías en el extranjero

La gente habla de cómo le va a en la feria, así que no tomen como ley lo que escribo a continuación. Todo es basado en mi propia experiencia.

Hace dos meses y medio regresé a México, mi país natal. Sinceramente, volver a finales de septiembre no estaba entre mis planes porque yo quería quedarme hasta enero – mes en que caducaba mi visa de estudiante – porque en noviembre fue la ceremonia de premios del corto donde participé durante el verano y en diciembre fue la graduación de toga y birrete. Sin embargo, no me pude quedar más tiempo porque me enfermé y porque ya no me alcanzaba el dinero para seguirme manteniendo en un país tan caro como lo es Reino Unido.

Antes de irme a estudiar fuera, yo pensaba que las personas que se iban a estudiar a otros países eran brillantes y dedicadas porque para entrar a algunas universidades piden muchísmos documentos y requisitos. No obstante, estaba algo equivocada pues la mayoría de las personas que conocí en Cardiff eran – tal cual – hijos de papi/mirreyes que no sabían qué hacer de su vida y pensaron que una maestría les mataría el aburrimiento.

En serio.

No diré nombres, pero tuve compañeros que preferían irse a un concierto en Motorpoint Arena que a clase. Otros se fueron un mes entero de paseo en época de trabajos finales; otros se la pasaban en fiestas y otros, muy pocos, realmente  fueron a estudiar y a tratar de aprender lo que más que pudieron.

Además, muchos de los que terminaron su máster ahora se dedican a actividades totalmente diferentes. Por ejemplo, un compañero de clase decidió ya no seguir escribiendo y mejor dedicarse a dar clases de inglés en China (porque YOLO), y otro más igual se dedica a impartir clases de idiomas, pero en su país natal. ¿Entonces para qué rayos se fueron a hacer una maestría en artes, me pregunto? ¿Cuántos mexicanos brillantes pudieron haber aprovechado más esta oportunidad que estos dos chicos desorientados? (Hashtag, la vida no es justa).

Con esto se me quitó la idea de que todas las personas que logran irse al extranjero a estudiar eran las más capacitadas. La realidad es que quienes se pueden ir son los que pueden pagar la cuota de inscripción, el hospedaje, el boleto de avión y demás gastos. Yo me siento muy afortunada de haberme ido porque sé que muy pocos mexicanos logran salir de su país para estudiar una maestría. Sin embargo, esto no me ha abierto las puertas como pensaba – al menos no hasta ahora.

Antes de irme, platiqué con mis amigos y housemates que también habían ido a UK a hacer una maestría y el 90% de ellos estaba deprimido porque el curso que hicieron no había cubierto sus expectativas, ya sea porque no aprendieron realmente nada nuevo o nada que no pudieran inferir o encontrar en Google o en algún curso corto en su propio país (“Yeah, I did learn a lot but most of the things they taught me I could’ve just figured them out on the internet, you know?” Nerdy boy, USA). Y otros, como mi amiga de la India, estaban decepcionados por no recibir apoyo de su universidad para encontrar trabajo después de terminar sus estudios de posgrado (“You spend a lot of money on your education, especially if you go to study abroad and what do you get in return? Unemployment. Studying abroad is not as useful as they make you think.“) Ninguno quería regresar a su país de origen porque temían enfrentarse al desempleo y empezar desde cero… otra vez.

En México me he dado cuenta que muchos amigos tienen trabajo – bien pagado – sin siquiera haberse tenido que ir del país. ¿Entonces hacer maestría es una pérdida de tiempo? Este fenómeno no sólo le ocurre a los estudiantes que se van, sino también a los que se quedan. Por ejemplo, un amigo empezó su maestría justo después de haber terminado su carrera en la Facultad de Ciencias, de la cual salió con buen promedio y experiencia laboral de un año. No obstante, ahora que va a terminar sus dos años de maestría, no tiene empleo y lo más viable, por el momento, es dar clases en su universidad donde recibirá un salario muy inferior al que reciben sus amigos que no hicieron ningún estudio de posgrado y que al salir de la carrera – o antes – ya habían empezado a trabajar.

No les voy a mentir. Irse al extranjero es padre, es una experiencia única, te cambia la vida, aprendes mucho de los demás y de ti mismo, y de alguna forma maduras como individuo, pero tiene sus cosas malas también. No todas las personas pueden acceder a una educación internacional y el tener un posgrado fuera ya no es garantía de que tendrás empleo. De hecho, la única garantía de tenerlo es, precisamente, trabajando desde la carrera porque la mayoría de las empresas buscan gente con experiencia, más que alguien con excelente promedio o miles de diplomas.

Para muestra, un botón. Recientemente apliqué a un trabajo en audiovisuales y pasé el primer filtro. El segundo y último filtro era la entrevista. Me presenté, llegué a tiempo, me vestí formal, practiqué mis respuestas (más o menos imaginé el tipo de preguntas que me harían) y a los diez minutos de haber iniciado la entrevista, me di cuenta que el chico en cuestión no había leído para nada mi CV porque no sabía que me había ido a estudiar fuera (y eso es lo primero que aparece en mi currículum). Lo único que había visto había sido mi demo y mi portafolio fotográfico. No le importó que yo hubiese hecho un internship en la BBC. Como no tenía el mínimo de experiencia requerida – 3 años – me mandó a volar.

Yo sé que no es el fin del mundo y que no todo está perdido, pero yo me imaginaba otro panorama al regresar a México. Me siento frustrada pues estoy en la misma posición que cualquier recién egresado de 23 años, y por la edad ellos tienen más posibilidades que yo de ser contratado. ¿No es esto, acaso, injusto?

Lo es, pero así es como funciona el mundo.  Aquí y en todos lados. Tener una maestría y estudiar arduamente ya no es suficiente. Hay demasiada competencia allá afuera. Como diría Justine Musk,

“Vivimos en una cultura que celebra la determinación y el trabajo arduo, pero entiende: estas son las cualidades que te mantienen en el juego después de que muchas personas se han ido o hasta que alguien más grande y fuerte te arrastre de regreso al mar. Determinación y el trabajo duro son necesarios, sí, pero son los requisitos mínimos, en verdad: es lo más mínimo.

Pregúntate a ti mismo en qué tienes potencial, qué puedes ofrecer que sea tan único y útil que ninguna computadora te pueda reemplazar, que nadie pueda ocupar tu lugar, que nadie te pueda robar tu producto, mejorarlo y dejarte en el olvido.

Elige una cosa y conviértete en el mejor en eso. Escoge una segunda cosa y conviértete en el mejor en eso. El mundo no le avienta miles de millones de dólares a una persona sólo porque esa persona lo quiere o trabaja tan duro que cree que lo merece. (Al mundo no le importa lo que quieres o mereces). El mundo te da dinero a cambio de algo que percibe con un valor igual o mayor.”

No queda otra que picar piedra y seguir buscando. Alguna puerta se abrirá.

Bienvenida realidad.

FUENTE: Sopitas, “¿Te convertirás en multi-millonario si trabajas duro y estás determinado? No”, http://www.sopitas.com/701771-como-ser-millonario-elon-musk/ [15 de diciembre 2016]

Review: El cuello de Cristina

El sábado pasado tuve la oportunidad de ir a ver la obra de mi amigo Alejandro, a quien conozco desde hace más de 10 años. Después de dedicarse por casi una década al cine, “El Cuello de Cristina” es su debut en el mundo teatral, y qué mejor lugar para empezar una carrera en este campo que La Teatrería, espacio ubicado en la colonia Roma (¡me encantó su cafetería!). Las salas son pequeñas, aproximadamente tienen 30 butacas, y los escenarios no pasan de unos 15 metros cuadrados. Es un poco el estilo que tienen en Microteatro México, aunque aquí hay un poco más espacio para el público.

Hace tres años Alejandro hizo su ópera prima titulada “El Secreto Forresbank”. La película trata acerca de un junior (Mansell Boyd) que hereda una fortuna gracias a la muerte de su abuelo, un hombre con un pasado oscuro. Debido a esto, el dinero que el joven heredó era dinero sucio, probablemente producto de un crimen, pero él no lo sabía. Emocionado por las buenas nuevas, y también por su cumpleaños, hace una fiesta en su nueva casa – la mansión de su abuelo. Invita a sus dos (¿y tal vez únicos?) amigos (Miranda Rinaldi y Gerardo Cabal) a quienes lleva años sin ver por algunas diferencias que tuvieron años atrás. Estos dos amigos traman matarlo para quedarse con su herencia, pero fallan al ser descubiertos por unos criminales (Jorge Cassal, Román Segovia) implicados en el dinero sucio del abuelo.

En “El Cuello de Cristina”, Alejandro vuelve a colaborar con Gerardo Cabal, quien hace el papel del doctor Víctor, un hombre aparentemente tonto pero astuto, que busca vengarse de su esposa por haberle sido infiel. Ésa es su principal motivación aunque también está de por medio cobrar un seguro de decesos por la cantidad de 3 millones de pesos. Aquí nadie es ‘el bueno’ ni la víctima. Incluso Víctor es un hombre egoísta, más obsesionado e interesado por el dinero que por la vida de su esposa (Rebeca Gucón) y de su amante (Alexa Martín).

Esta historia es una comedia negra llena de enredos. El director vuelve a apoyarse en los mismos temas de su ópera prima: humor negro, traición, venganza, muerte, egoísmo y una crítica a la avaricia de la clase media – acomodada. Todos los personajes tienen instinto de asesinos (hasta la prima pseudo “monja” que viste con faldas largas) y viven en un mundo de apariencias y engaños, bajo el principio de que el fin justifica los medios.

“El Cuello de Cristina” se estará presentando cada sábado hasta el 29 de abril en la Teatría (Tabasco 152).

Apoyemos al teatro.

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