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Fan Fic: Diario de una muggle

Hace cuatro años escribí un fan fic para “El Vortex” de una muggle que se adentra al mundo de Harry Potter.

Espero les guste:

Hola, soy Katie Batworthy. Vivo en Londres y tengo 16 años. Desde hace algunos años, muchas personas aseguraban haber visto carros voladores y personas que atravesaban la pared entre el andén 9 y 10 de la estación de trenes King’s Cross. Pues bien… ahora sé de qué hablaban. El año pasado, pude ir a ese mundo que todos pensaban que no existía. ¿Cómo fue que llegué ahí?

Ese día llovió más de lo usual para ser invierno. Yo me encontraba metida en mis pensamientos esperando el siguiente tren que me llevara a casa, cuando un señor de edad avanzada se sentó a mi lado. El lugar estaba a reventar y el autobús no llegaba. El señor me volteó a ver (cuando pudo haberse dirigido hacia alguien más) y me preguntó qué hora era, le contesté: “son las 4:24 pm”. Acto seguido, sacó un reloj muy extraño (más tarde descubrí que se trataba de un gira tiempo) y me dijo: “Mañana a las 9:34 am ve a King’s Cross y atraviesa el andén 9 3/4… sí existimos”  y desapareció. Sin pensarlo, al día siguiente fui al andén a la hora señalada y, cuando nadie podía verme, atravesé la pared.

Cuando pasé “al otro lado”, el señor de la estación estaba ahí. “Toma estas monedas de oro. Sólo puedes estar aquí tres días; de lo contrario, el hechizo protector que te hice se destruirá.” Puse cara de asombro. “Nadie debe saber que eres una muggle ¿de acuerdo? Diviértete.” Y desapareció de nuevo.

El primer día recorrí el callejón Diagon. Era como un gran mercado donde puedes comprar todo tipo de cosas como varitas mágicas, libros, calderos, túnicas y hasta artículos de broma. Yo solamente compré una poción de amor en Sortilegios Weasley para poderme ligar a Ryan, mi crush de la preparatoria.

Igualmente, en el callejón Diagon se encuentra el gran banco Gringotts, donde salvaguardan grandes bóvedas de lingotes de oro. El banco es atendido por duendes muy gruñones. Quería ir al callejón aledaño, Knockturn, pero varios magos me sugirieron que no fuera. No me dijeron las razones.

En el segundo día de mi visita al mundo mágico fui a Hogsmeade. Conocí a Glinda, una chica de familia muggle como yo que estudiaba en Hogwarts. Me dio un pequeño tour por el pueblo. “¿Cómo fue que pudiste entrar?”, me preguntó cuando íbamos camino a Honeydukes a comprar dulces. “Por alguna extraña razón, pude atravesar el andén 9 3/4.”, contesté. “Qué raro”, replicó Glinda.

Las ranas de chocolate y las grageas fueron de lo mejor a excepción de una que sabía a mocos. Después, fuimos a tomarnos una deliciosa cerveza de mantequilla en el bar ‘Las Tres Escobas’. Glinda me advirtió que nunca revelara que era muggle porque podría meterme en problemas. “Supuestamente, los muggles no deben saber que existimos”, me dijo. Después, mientras nos dirigíamos a Hogwarts, un enorme castillo estilo gótico, Glinda comentó: “no es fácil ser muggle aquí; mis compañeros me molestan mucho y a veces el señor Weasley, el del ministerio, se la pasa preguntándome para qué sirven las computadoras.”

Ya en Hogwarts, quedé asombrada por las escaleras movibles y por los cuadros cuyos personajes se movían como si fueran GIFs. De camino a la sala común, un fantasma llamado “Nick, casi decapitado” me saludó como si nada y no pude evitar sentir pavor. Glinda me presentó a sus amigos que no eran de sangre sucia (sí, al parecer también hay distinción de clases en este mundo). Uno de ellos estaba haciendo trucos de magia con su varita para el examen final de encantamientos. “¿No quieres intentarlo?” me preguntó, pero cuando tomé la varita y dije “Reparo” a una taza rota que estaba sobre la mesa, la varita la quemó y empezó a arder en mis manos; inmediatamente la solté. “Qué raro, esto nunca había pasado”, dijo el chico. “A lo mejor es porque ella no es la dueña de la varita”, explicó Glinda, un tanto nerviosa. “Sí, pero de cualquier forma, mi varita no hubiera comenzado a arder”, respondió el chico. “¿Vamos al baño, Katie?”, sugirió Glinda, desesperada por cambiar de tema y de lugar.

En la noche, antes de cenar, Glinda me dio una poción llamada “multijugos”, la cual me convirtió en una estudiante que se había ido de intercambio a la Academia Mágica Beauxbatons en Francia, muy amiga de Glinda. “Así, si te ve un profesor o un prefecto, nadie se dará cuenta. Tu nombre es Gina Abbot ¿de acuerdo?”, me explicó Glinda. Asentí. Me miré al espejo y mis ojos azules ahora eran marrones y mi cabello negro azabache ahora era rubio y largo. “Qué maravilla”, pensé. “Si en el mundo muggle tuviéramos esta poción, cualquiera podría convertirse en espía.”

El comedor era enorme. Las velas que lo alumbraban flotaban por encima de todas las mesas. ¿Y la comida? De lo mejor, en especial el pastel de calabaza. Todo iba bien hasta que el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras llamado Phillip Figg, de la casa de Slytheryn, me preguntó con un tono muy golpeado: “¿Qué haces aquí, Abbot? Pensé que seguías en Francia”. No supe qué contestar, pero finalmente dije: “tuve que regresar antes.” Me miró con detenimiento. “Si descubro que estás tramando algo, serán 50 puntos menos para Gryffindor”. Y se fue. Tragué saliva con dificultad.

En mi tercer y último día en el mundo mágico, Glinda me llevó a ver un partido de un juego llamado Quidditch. Es parecido al fútbol porque hay dos porterías, pero todo es sobre escobas voladoras (intenté subirme a una, pero al decirle “arriba”, se partió en dos. Glinda explicó que a lo mejor esa escoba ya estaba defectuosa). Al terminar, fuimos a celebrar el triunfo de Gryffindor sobre Ravenclaw en la sala común.

“¡Abbot, qué bueno que ya regresaste de Francia ¿qué tal el clima allá?”, me preguntó un chico pelirrojo que celebraba el triunfo de Gryffindor con nosotros. “Ehmm… très chaud”, respondí. “Jajaja, veo que aprendiste francés ¿y cómo te fue con la tarea de defensa contra las artes oscuras el año pasado? ¡Ya no me contaste!”, dijo mientras bebía un vaso de jugo de calabaza. “Muy bien…”, mentí. “¡Qué bueno! Me gustaría ver algún día tu patronus“, contestó, me dio un beso muy cerca de los labios y me guiñó el ojo. Me sonrojé. “¿Los chicos de este mundo son igual de aventados que los del mundo muggle?” le pregunté a Glinda. Ella, conteniendo la risa, dijo: “No, para nada. Es que Galbraith ha estado enamorado de Abbot desde el primer año.”

Por la noche, y ya con mi aspecto habitual, Glinda fue a despedirme al expreso de Hogwarts. “Te enviaré una lechuza de vez en cuando”, me dijo. “Perdón, pero no permiten mascotas en mi unidad habitacional”, contesté. “Ehmm… me refería a que te enviaré cartas”, dijo. “Nah, mejor mándame un e-mail o un whats“, y le di mi dirección y mi teléfono.

Una vez que encontré lugar en un vagón, me puse a leer un artículo del diario El Quisquilloso (The Quibbler), donde hablaban sobre unos exploradores que habían encontrado especias mágicas en una comunidad lejana y desconocida de centauros. Descubrieron que tenían poderes curativos. “No se ha probado en humanos todavía, pero en animales y en criaturas mágicas ya funcionó”, decía uno de ellos. Por alguna razón me pareció poco creíble lo que publicaban en esa revista, así que saqué de mi mochila un ejemplar de El Profeta, el periódico que leían todos los estudiantes y profesores de Hogwarts. “Es como leer The Guardian en 2.0″, pensé.

Mi lectura se vio interrumpida por la llegada de una bruja que llevaba en sus brazos a un gato negro. Sin saludarme, dejó su equipaje y dijo: “ahora vengo Robert” y salió del vagón. Como si me fuera a contestar, le empecé a hacer la plática al minino. “Mi gatita se llama Luna, es blanca y muy linda”, le dije. Después, recordé que tenía una lata de atún en mi mochila. “¿Tienes hambre?” pregunté y me volteé para sacar la lata. Cuando volví la vista hacia el gato, éste ya no estaba. En su lugar, había un chico vestido con una túnica negra. “¿Gatito, dónde estás?”, dije buscando entre los asientos.

Minutos después, llegó la bruja con un muffin en la mano. “¡Maldición! Va a pensar que dejé escapar a su mascota”, pensé. Ella sonrió y se dirigió al chico. “Robert, acéptale el atún a la chica, no seas grosero.” Me quedé perpleja. “¿O sea que eres… un animago?” pregunté. Glinda ya me había explicado qué era eso. “Sí, ¿tú también?”, interrogó el chico. “No, ¡pero eso es muy cool!”, dije muy emocionada.

Finalmente, como cuarenta minutos después, arribé al mundo muggle. Me despedí de mis nuevos amigos y al salir de King’s Cross, tomé un taxi. Al llegar a casa, encontré a mi mamá viendo Britain’s got talent y leyendo chismes sobre la familia real. “¿Cómo te la pasaste en casa de Beatrice? Por cierto, te llegó un paquete y una carta, Katie”, dijo sin voltear a verme. (Sí, le dije que iba a pasar el fin de semana en casa de mi mejor amiga). “Bien, te manda saludos”, mentí.

Sobre la mesa de la sala yacía una caja envuelta en papel blanco y la carta. Abrí primero la carta. Era de Glinda. “¡Hola Katie! Te mandé solicitud de amistad en Facebook.” Junto con la carta, venía una foto de nosotras en Hogsmeade haciendo “salud” con nuestros tarros de cerveza. Sonreí. Minutos después, abrí el paquete. Venía con un mensaje de parte de un tal señor Spinnet. “Katie. Eres la única muggle que conoce el mundo mágico. Nos serías de mucha ayuda en el ministerio para estudiar a los de tu especie. Nos gustaría tener una reunión contigo el próximo miércoles 31 de julio. Junto con esta carta vienen unos polvos flu. Lánzalos en una chimenea y pronuncia *callejón Diagon*, ahí te veremos a las 7:31 pm. Atte, Theophilus Spinnet.”

El 31, alrededor de las 7:20 pm, lancé el polvo flu en la chimenea pero, por alguna razón, en lugar de pronunciar *callejón Diagon* dije “¡Callejón Knockturn!”

El resto es historia.